Literarte

Sitio que recoge algunos de los cuentos cortos del autor José O. Alvarez, Ph.D.
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sábado, septiembre 09, 2006

Mimo fugitivo


Por José O. Alvarez

El mimo se salió del cuadro y se fue a pasear a la Calle Ocho.

Había logrado que Gastón le diera un espacio en una ventanilla de la "Galería Gastón" donde riegan los cuadro por el suelo. No es raro tropezarse con un Botero (100 mil dólares), un Obregón (150 mil dólares) o un Olimpo (250 mil dólares). Los cuadros de Gastón son los que guindan de las paredes.

–"Ni que los precios de esos maestros estén por el piso", pensé al sospechar que tenía la intención de demostrar con ello que su obra tenía más altura.

–Es que los precios de esos maestros los tengo por el piso, –se atrevió a decir al ver que no dejaba de observar una y otra vez los trazos firmes de Obregón, el manejo de las atmósferas de Botero y la abstracción levitacional de Olimpo.

Un olor de animal muerto me sacó de mis elucubraciones. Alcanzaba a vislumbrar un áurea azulosa que brotaban de las axilas de un mimo. Su traje remendado mostraba la pobreza absoluta que se cierne sobre los desamparados.

Quise abordarlo pero la muralla del olor era infranqueable. LeonnoeL, el pintor con quien me encontraba haciendo el recorrido por las galerías de la Calle Ocho ya me había hablado del mimo. Se le había metido en la cabeza que ese mimo le había señalado el camino unidireccional que exige el mercado del arte a los artistas.

–Ese mimo es mi eureka –me dijo el entusiasmado pintor mientras con señas le preguntaba al mimo su número de teléfono que éste dibujaba en el aire. LeonnoeL entiende de pinceladas firmes y concretas en el lienzo y no de pinturas en el aire. LeonnoeL seguía sin entender y lo acosaba para que dejara de hacer muecas y que hablara.

Posiblemente el mimo sintió que esa presión tenía que ver con deudas contraídas y en un descuido se nos escapó. Mi olfato de perro me sirvió para seguir la huella azul que se iba haciendo tenue mientras se alejaba.

Por las aceras llenas de cachivaches se entremezclaba. La expresión aterradora de su rostro demostraba que quería escapar de nuestro acecho.

En una esquina lo perdimos. Hasta el tenue azul se hizo invisible porque el olor se desvaneció del todo.

–Posiblemente hemos seguido un fantasma o una ánima en pena que no quiere que la martiricemos más, –le dije a LeonnoeL.

Cuando lo dábamos por perdido un comentario al azar nos hizo mirarnos a los ojos con sorpresa.

–Tremendo susto me ha pegado ese mimo, –dijo una señora que parecía un Botero que movía su escultural figura por la Calle Ocho.

Cortésmente nos acercamos a ella. Aunque comprobamos que era un Botero, no le dimos mucha importancia a ese hecho. Lo que nos interesaba de ella era el comentario que había lanzado apoyando sus voluminosas manos en el pecho.

–¿Dónde fue que viste al mimo? –le preguntó LeonnoeL.

–Debo estar alucinando –dijo mientras su regordete dedo señalaba una galería y su mofletudo rostro perdía color y compostura.

–¿Qué pasó? –volvió a insistir el pintor.

–Me pareció que un mimo se metía en un cuadro –dijo la gorda apretando sus labios como si fuera a dar un beso.

–Son locuras de esta vieja –nos dijo un señor de aspecto distinguido que la acompañaba. Su porte me trajo a la memoria uno de los personajes de la familia presidencial del cuadro expuesto en la galería.

En cámara lenta levanté mi quijada y empecé a dirigir mi olfato hacia la dirección señalada por la Botero. El olor poco a poco se abrió camino hasta llegar a mis narices.

Caminando lentamente, como si llevara una valiosa vajilla haciendo equilibrio en mi cabeza y con mi nariz apuntando a la galería, nos fuimos a ver al mimo que se nos había fugado.

viernes, septiembre 08, 2006

Huracán de pasión

Por José O. Alvarez

-Conmigo tienes amor todos los días –dijo María mientras devoraba al pintor Olimpo con toda la fuerza de su pasión.

–Es lo que menos espero –contestó éste tratando de ocultar los escalofríos que le producían el ser objeto del deseo mariano.

María sacia su inextinguible apetito con pintores, músicos, poetas y narradores. El ejercicio del amor la mantiene en forma y sus 40 abriles han conservado una primavera que apenas empieza a hacer mella en su cuerpo escultural. Ha sido la musa de más de mil artistas que han caído bajos sus encantos y dimitido temprano ante la avalancha de su amor desenfrenado.

Le gustan los colores primarios que hacen resaltar su piel de alabastro que adquiere un halo mágico cuando está desnuda.

En el acostumbrado paseo por las populares galerías de la Calle Ocho en la "sabuesera"de Miami, la encontramos como antes lo habíamos hecho con el descendiente de Miranda y el cilicio de su esposa, pareja irreconciliable que no se pierde una corrida de catres en cuanto a eventos artísticos se refiere. Como en esto me identifico con los Miranda, invité a Olimpo a hacer lo mismo. Acababa de llegar de Colombia huyendo de la caravana de la muerte.

Nos sentamos en la avenida 16 a mirar a un bailarín que lo hace con cuatro mujeres que compiten en belleza y quienes esperan calladas su turno para mover espectacularmente hombros y caderas con el hombre. No falta un borracho que les toque las nalgas o una lesbiana drogada que les bese la boca. No se percatan que son maniquíes.

El maestro Miranda no sólo alisa con sus manos la cola de caballo de su mustia cabellera sino que sus inquietas manos les gusta recorrer el cabello de las chicas que se acercan a beber de su sapiencia. En ausencia de las chiquillas, de las que acostumbra a rodearse para mantener en vivo la virilidad, acariciaba con ternura a María quien se prende como chispa en época estival.

El bailarín desarmó su tinglado disgustado con la drogada que no cesaba de besar a las despampanantes maniquíes dando paso a que los meseros empezaran a hacer lo mismo con las mesas desarmables. Al quedarnos sin mesa y sin mesero que nos atendiera, optamos por montarnos en la chiva de Hernando Díaz que se detuvo un momento y que acarreaba a varios colombianos que escandalosamente cantaban "La gota fría".

Por el rabillo de mi ojo vi a María tasajear a Olimpo mientras coreaba "O me lleva él, o me lo llevo yo", cambiando un poco la patibularia frase de sentencia de muerte de la canción. Su abierta declaración de amor denunciaba sus ganas exacerbadas por el artista recién aterrizado en la ciudad del sol. Las llamas del deseo la transforman, la alborotan y la hacen exudar un olor de hembra en celo que mi olfato de perro detectó al momento.

Olimpo se hacía el loco y evitaba los rayos que le lanzaba María. En su rostro se notaba cierto disgusto acompañado de curiosidad. La chiva nos dejó en un bar-teatro frente al estacionamiento donde María había dejado su Lexus último modelo. Como todo estaba cerrado decidimos regresar a casa y ella gustosamente se ofreció a llevar al pintor.

Al despedirnos alcancé a notar que Olimpo, en el SOS que nos lanzó en su mirada, trataba de decirnos que lo libráramos del huracán de pasión que se le venía encima.

jueves, septiembre 07, 2006

Hermanastra

Por José O. Alvarez

Los libros que leía a escondidas mi hermanastra, yo los leía como ella debajo de la cama. Varias veces mi padre la cogió in fraganti y varias veces se los quemó. Uno de ellos se lo llevó al cura quien en la misa dominical lo exhibió a los feligreses. Luego buscó al azar, según el cura, una página para mostrar las herejías que allí se consignaban.

–Dios está muerto –leyó el cura mientras todos se persignaban. Dicho por el cura, esas palabras resonaron con tal eco que hirieron los oídos de esos feligreses cegados por la fe. Delante de ellos lo quemó mientras maldecía al autor de quien dijo que en esos momentos estaba quemándose peor que el libro porque no se extinguía sino que en carne viva recibía el tormento por los siglos de los siglos.

-Amen –contestaron automáticamente los feligreses. En mi cabeza pequeña no cabía el hecho de que el cura supiera esas cosas. Lo pregonaba con tal convicción que llegué a imaginar que posiblemente él visitaba esos horripilantes lugares para luego darse el lujo de describirlos con pelos y señales en sus feroces sermones que nos hacían sentir las llamas quemándonos las piernas.

La quema de los libros atizaba mi curiosidad, por eso buscaba el descuido de mi hermanastra para sustraerle el libro de turno del escondrijo donde ella los colocaba. Se los prestaba un librero ateo aborrecido por la curia que vivió en el pueblo hasta que se dieron mañas y con turbas alebrestadas por los curas lo sacaron a pedradas como si de un leproso se tratara. De puntillas me levantaba a altas horas de la noche cuando no se oían sino los ruidos de los grillos y las ranas. Con la luz de una linterna recorría las páginas obscenas de ciertos libros o los pensamientos recónditos de libros de filosofía que no entendía pero que me dejaban la cabeza hecha trizas.

-¿Cuál es ese libro que habla de la muerte de Dios? –le pregunté intrigado a mi hermanastra. Asustada miró a la redonda sorprendida de que a mi edad saliera con esas preguntas. Una vez segura que nadie nos acechaba me dijo que era de un alemán que se había vuelto loco. Posiblemente quería meterme miedo como lo hacía el cura en la misa dominical no tanto por el infierno del más allá sino el que ella sufría en el más acá.

Mi hermanastra llegó a mi casa luego que la expulsaron del internado. No era la primera vez que lo hacían las monjas quienes se persignaban ante ella porque la consideraban una perdida. La habían recogido y educado desde muy niña cuando se quedó huérfana de madre porque les pareció un ángel. Desde niña la acompañó una rebeldía que las hacía temer que se perdiera de joven en el mundo lupanar. Hubieran preferido que la perdición hubiera nacido entre sus piernas y no en esa cabecita tan bella por fuera pero por dentro llena de cucarachas. Les echaba por el piso todas las creencias en las que ellas fundamentaban la fe. Sus argumentos eran tan convincentes que sembraba la duda hasta en los espíritus más firmes como cuando les reveló el incesto del paraíso terrenal.

A ella le pasaba lo mismo que a mí. No hallaba la hora de escaparse de casa para irse a meter con el ateo quien la recibía como si recibiera una visita celestial. Temeroso de las llamas del infierno me daba miedo pasar por esa calle aunque siempre me mantenía en vilo esa tentación. Los novios que tenía se los conseguía mi papá. Eran hijos de compadres piadosos purificados en la fe. A mí me enviaban a acompañarla en las salidas que hacía con esos novios. A todos los corrompió, dijeron los Marianos padres cuando descubrían que los piadosos hijos, tan santos ellos, se volvían unos diablos porque empezaban a consultar libros prohibidos, enfrascarse en discusiones bizantinas para transformar el mundo o pasar noches enteras en la zona roja con mujeres calientes.

Los novios no le duraban tanto. No era tanto porque las madres de los mismos se los espantaran sino porque ella los botaba por la borda al no darle la altura intelectual que ella les exigía. Al ver que mi curiosidad aumentaba geométricamente me convirtió en su confidente. Compartía sus lecturas conmigo y cuando supo mi escondrijo varias noches nos cogió la aurora metidos debajo de la cama yo dormido sobre su regazo.

Una noche excitada por la lectura del libro Jardín Perfumado tomó mis manos y me puso a acariciar sus senos que se erguían firmes. El fuego que me abrasó pensé que era producido por las llamas del infierno. Se lo dije. Ella me calmó diciendo que ese fuego era la llamarada de pasión que la consumía sin piedad. En susurro me aclaró que si los consanguíneos Adán y Eva habían poblado la tierra, en nuestro caso no había problema porque nuestra sangre posiblemente había seguido por los senderos que se bifurcan. Eso le sugerían las malas lenguas cuando le comentaban sobre la muerte de su madre quien no tuvo el valor de soportar la carga de un supuesto adulterio y se dejó morir. Me enseñó a besarle su cuello, sus lóbulos, sus pezones, su ombligo, sus muslos, y su clítoris que se levantaba como una cresta energúmena mientras gemía de placer. Delicadamente colocaba mi infantil miembro por entre los labios de orquídea de su lujuriosa sonrisa vertical.

Cuando mi padre me encontró cabalgando encima de esa hermosa yegua de nácar la echó de la casa. A mí me internó en un monasterio para que monjes insensibles a la vida terrenal me reformaran y me espantaran los demonios que mi hermanastra había sembrado en mí.

miércoles, septiembre 06, 2006

Confesión

Por José O. Alvarez

El resuello de un orgasmo humano lo escuché por primera vez en un confesionario. Iba allí a confesar mis pecadillos que, escudados tras las rejilla, se convertían en pecadotes. Las mentiras no contaban mucho menos las desobediencias a los padres ni las malascrianzas a los mismos. Todo empezaba con un simple e inofensivo pensamiento como el besar con ternura la mejilla de la chica más hermosa del Colegio de las monjas.

El confesor empezaba a hurgar en nuestra alma inocente y pueril acompañado de suspiros de fiera al acecho que crecía a medida que crecía el pecado.

–Explícame eso del mal pensamiento ...

–Pues padre era sólo un besito ...

–Pero ... ¿dónde?

–En la mejilla.

–Te conozco pillo. Yo sé que tú querías besarla en la boca. Confiésalo.

–Si padre, pero es que ...

–No me vengas con cuentos. Dilo si no quieres que te deje sin absolución. Eso representa que acumulas penas para irte derechito a las profundas pailas de los infiernos.

–La verdad padre ... esta vez sólo quería besarla en la ... mejilla, pero ...

–Pero ... ¿qué?

–Pues que la vez anterior sí quería besarle los labios aunque ... sólo por encimita.

–¿Encimita? ¿Cómo así? ¿O sea que querías montarla?

–¿Qué ... qué dice padre?

–Dime ... ¿querías montarla?, ¿quitarle los calzoncitos? ¿hacerle cositas?

Como habitante de vereda lo había visto. Sabía que montar era cosa de animales. El caballo montaba a la yegua al igual que el burro a la burra cuando les salía como una quinta pata toda negra que golpeaba el abdomen del animal excitado antes de penetrar con un chasquido en la hembra que temblaba ante el impacto demoledor.

Con nueve o diez años encima, al comentarlo con los amigos todos estuvimos de acuerdo que había sido el cura el que nos había despertado el animal libidinoso adormecido por la infancia. Pedro Pablo propuso que inventáramos pecados. Polo se ofreció a comprar libros pornográficos para informarnos mejor. Otro dijo una cosa y el otro más allá dijo otra. Nos decidimos por lo sugerido por Pacho quien nos dijo que ya era hora de que recibiéramos unas clases de la Papaya que no le cobraba a los niños vírgenes. En grupo le caímos a la Papaya que nos puso en fila india y a uno por uno nos arrancó en un santiamén el virgo sin contemplaciones con la certeza que nos estaba haciendo un favor. Lo hago así porque sé que no me van a olvidar y cuando crezcan siempre me van a buscar a mí primero. La próxima vez vienen con dinero así se lo tengan que robar a sus padres, nos dijo y nos despachó displicente mientras las otras putas envidiosas la trataban de infanticida.

Una vez que Polo consiguió para un polvo me invitó a donde la Papaya. Le dijimos que nos enseñara todo lo que sabía sobre el amor. Nos dijo que ese sábado no nos podía atender porque tenía unos clientes muy buenos que si la veían con nosotros los perdería. Nos prometió que nos enseñaría en su casa cuando su hijo estuviera en la escuela. Se hacen los enfermos y van a mi casa. Si se enteran los curas que están capando escuela por culpa mía me excomulgan y yo no quiero quemarme en las pailas del infierno, nos dijo.

–Lo primero que tienen que aprender es ser aseaditos. No hay nada que despierte más el amor que un cuerpo limpio. Vamos a bañarnos para oler a rico. Ella misma nos restregó la mugre como lo hace una madre con su bebito. Nos puso talcos, nos perfumó con lociones masculinas, nos envolvió en una sabana y empezó a darnos una clase de anatomía. Los nombres sofisticados de senos, nalgas, genitales, etc. que habíamos consultado en la Enciclopedia Británica ella los cambió por los nombres comunes y corrientes que manejaban en su entorno como tetas, culo, verga, cuca, etc. Pacientemente nos enseñó las técnicas sexuales aprendidas del Kama Sutra y el Ananga Ranga como las perversiones sexuales del Jardín Perfumado.

Cuando regresamos a confesarnos el resuello del cura fue mayor. No tuvo que insistir con tirabuzón para convertir nuestros pecadillos en pecadotes porque uno tras otro nos derramamos en prosa hasta que el pobre cura cayó al piso tan pesado como era luego de un gruñido que resonó en la iglesia como resoplido de caballo al momento de la eyaculación.

Humana trinidad

Por José O. Alvarez

Yo soy yo y dos más que me siguen a todas partes. Generalmente soy yo el que pongo la cara por lo que hacen y deshacen los otros dos.

Yo soy ordenado, responsable, hierático, madrugador y adicto al trabajo. Sigo las reglas al pie de la letra y trato siempre de no descarrilarme. Las tentaciones las dejo pasar de largo porque evito caer en ellas. Soy tan correcto que produzco animaversión por ello. He podido detectar por el rabillo de mis ojos que la gente que me conoce sonríe hipócritamente y con un rictus de desprecio se conmueven de mi rectitud. No perdonan el hecho que sea un profesional, con varios títulos universitarios sumido en el anonimato de la alienación haciendo cosas que no tienen ninguna relación con los estudios que he realizado desde antes de tener el uso de razón.

Sobre mí podría escribir libros enteros que evito hacer para no dar material en bruto a los manuales de educación cívica y urbanidad. Claro que al final de cuentas ser yo no me hace ninguna gracia porque vivo de lunes a viernes cumpliéndole al tirano de mí mismo.

Sábado y domingo les pertenece a los otros dos que comparten su tiempo sin poner reparos. Como el yo los ha acostumbrado a madrugar, el otro yo y el super yo se levantan temprano los dos días de descanso para aprovechar mientras todos en casa duermen.

El otro yo es pintor y el super yo es narrador. Esta humana trinidad es inadmisible en un mundo que llama a la superespecialización. Ellos han caído en esa trampa y cada uno se especializa en lo suyo aunque los tres comparten los descubrimientos realizados en su campo.

Al narrador le gustan los cuentos breves porque piensa, como su maestro Borges, que son los más difíciles de lograr. A veces consulta a Rulfo porque le recuerda lo telúrico de su infancia.

Como heredero de los mitos, sabe escribir y se puede dar el lujo de hacer un cuento de cualquier suceso por insignificante que sea porque sabe extraer toda la savia subyacente que recorren los ríos de la cotidianidad.

Al pintor le encanta la abstracción. Educado por chamanes del Amazonas, sabe que puede penetrar en la espiritualidad del color y de la forma en espacios polidireccionales. No es un místico pero cree que en el segundo de una meditación puede consultar la infinita cantera de imágenes que escasamente alcanza a reflejar pálidamente en sus cuadros. No disfruta tanto el producto final sino el proceso paulatino en que los colores y las formas se mezclan, entrechocan, se difuminan, explotan y crean un caleidoscopio como el que se da cuando nace una estrella.

A este yo plural, una sola persona en tres distintos personajes, he querido ajustarlos en una cronotopia equitativa, pero el tiempo se escapa y el espacio se reduce.

Los tres discuten, comparten y disfrutan de cosas que los apartan y los unen, de lazos más fuertes que las células que comparten en ese vehículo estrictamente corporal. Eso les ayuda a soportar cualquier crítica porque les evita el postmoderno síndrome de la depresión.

A fin de cuentas soy yo el que muchas veces sufro la depre porque me doy cuenta que el paso irremediable de los años me afecta a mí que me la paso haciendo cosas que no tienen trascendencia. En cambio lo que hacen el narrador y el pintor, puede salvarlos del olvido.

martes, septiembre 05, 2006

Paraíso recuperado

Por José O. Alvarez

Eva, aburrida de tanta felicidad paradisiaca, empezó a hacerse las preguntas que se hacen los ociosos. ¿De dónde vengo? Había aceptado, a regañadientes, que venía de una costilla de Adán. ¿Para dónde voy? Eso no lo sabía y no quería conformarse con el letargo que produce el vivir como los dioses.

El creador les había prohibido que se devanaran los sesos con cuestiones que no les incumbían. Cuestionarse era adentrarse en los laberintos del bien y del mal para adorar o matar al minotauro. Cuestionarse era un acto de rebelión castigado con el ostracismo.

Eva comenzó a tentar a Adán con esos cuestionamientos. Al principio Adán no le hacía caso porque se lo pasaba embobado como Leibniz viendo y agradeciendo las maravillas de la creación.

La duda contaminó a Eva. No podía dormir y no dejaba dormir a Adán.

-¿Tú no crees que el viejo se guarda algo para sí y por eso no quiere que indaguemos? -insistía Eva en las noches de desvelo- ¿No crees que detrás de esa noche profunda se esconden otros paraísos mejores que éste?

Adán cayó. El vacío pascaliano lo enfermó y empezó a cuestionar todo. Los cuestionamientos, retomados luego por los atenienses, guardados como peligrosos secretos en el medioevo y sacados a la luz durante la Ilustración, los animaron a confrontar al amo quien al sentir que movían sus cimientos los echó del paraíso. No podía soportar que simples criaturas creadas del barro se atrevieran a pensar.

Al ver que lo habían perdido todo, se culparon mutuamente. Cada uno cogió por su lado. Por primera vez sintieron la angustia existencial de los mortales. El tiempo hacía mella en ellos y el espacio era ancho y ajeno. Al llegar a las antípodas, volvieron a encontrarse.

El encuentro fue revelador. Cada uno tenía lo que le faltaba al otro. Descubrieron la caricia que les hizo deducir cómo llenar el vacío de sus vidas.

Al llenarlo, en un instante que les pareció eterno, recuperaron el paraíso.

lunes, septiembre 04, 2006

Fatal error

Por José O. Alvarez

Cuando Esperanza, su prima, me dijo que vivía en Houston, una corriente alterna me recorrió de arriba abajo mientras mis vellos se erizaban. Nadie detectó mi inquietud porque cambié el hilo de la conversación.

Una vez que sobrevolábamos Houston me la imaginé en cualquiera de las casas que hay en los suburbios; feliz, con una pareja de hijos y sin que el paso del tiempo hubiera horadado su hermosura.

De pequeños, ella me quiso y yo no la quise. De adolescentes, fue lo contrario.

Deyanira, la mujer que enloqueció a más de uno, se fue de mi vida para nunca más volver, como se fue de la vida del loco Jorge, del maneco Pedro y del tatareto Humberto, amigos de farras memorables que terminaban al amanecer en el toldo de doña Carmen quien ahuyentaba nuestras borracheras con un caldo de menudencias que tenía.

El tatareto fue el más afectado. Hasta las ganas de comer se le quitaron en esos tres días seguidos que inundó en cerveza para ahogar el dolor de la partida. Por todos los medios había tratado de acercarse a Deyanira, pero el padre no dejaba que nadie se atreviera a poner siquiera el ojo encima porque cuidaba como pastor alemán su rebaño de siete hijas que competían en belleza. Varias veces los perros de don Roberto arrancaron en pedazos las innumerables prendas y disfraces que Humberto se ponía para hacerse pasar por vendedor, por jornalero, por electricista, por fontanero, por qué sé yo a estas alturas de mi vida.

Nos tocaba conformarnos con verlas pasar con ese aire altivo de reinas de belleza.

Y Deyanira lo era. No en vano Esperanza me contó que había sido elegida la mujer más hermosa en el club social en Houston en que la inscribió su esposo, un nuevo rico de dudosa procedencia que llegó una vez al pueblo y con subterfugios se llevó a la perla más hermosa precisamente cuando se encontraba en su máxima definición.

El semestre pasado la encontré sentada en una de las clases que dictaba en la Universidad de Yoayo. Al entrar a clase me choqué con sus hermosos ojos verdes y su sonrisa matadora. Por un momento creí que en lugar de entrar a clase había entrado a una dimensión ya vivida que se repetía como un espejo. Hasta la frescura de un aire adolescente sentí que resucitaba en mí. Los estudiantes se miraron interrogándose mutuamente sobre el motivo de mi perturbación. Luego de pasar saliva varias veces y carraspear otras tantas pude presentarme. Acostumbraba a romper el hielo haciendo que cada uno se presentara. Varios dijeron sus nombres, de dónde venían, para dónde iban, pero a ninguno le presté atención. Era el momento que aprovechaba para memorizar sus nombres, profesiones, inquietudes, para sorprenderlos en la clase siguiente llamándolos por su nombre y dirigirles palabras específicas de acuerdo a sus intereses particulares. Aunque sólo esperaba que ella dijera: "Me llamo Deyanira, vengo de Houston y quiero estudiar filosofía", cuando lo dijo, como si estuviera leyendo mi pensamiento, me pellizqué para asegurarme que estaba despierto. Un suspiro que atravesó el cosmos no fue suficiente para darme la energía de mantenerme en pie. Tuve que sentarme. Deyanira, sorprendida, con una mueca interrogante, con su mirada preguntaba a todos y todos la seguían en su expresión que empezaba en la cara, seguía por los hombros, continuaba en brazos y terminaba en las manos que expresaban what the heck!

Deyanira se clavó en mi pensamiento como una espina como clavada la tuve en la primavera de mi vida. No la buscaba pero soñaba con encontrarla por los pasillos del departamento, en la biblioteca, en la cafetería, en el centro estudiantil, en cualquier lugar. El sueño continuaba todo el día con la ansiedad de que acabara pronto para que llegara el otro y poderla ver de nuevo en clase.

La edad es un policía que uno contrata cuando se cuida un jardín en el cual se prohíbe tomar una flor, contemplarla, tocarla, amarla. Además, el estatuto docente era claro en señalar cualquiera de esas cosas como acoso sexual. Tomando al pie de la letra esas leyes espartanas, ponía ceño fruncido e ignoraba su presencia.

En una de las clases, luego de darles instrucciones para que buscaran por su cuenta la piedra filosofal, me senté a revisar los ensayos de alumnos de otras clases.

Súbitamente un eclipse me asaltó. Una cascada de cabello cayó como la noche de San Juan de la Cruz sobre mi cara. El aroma de frutas frescas se metió por mis narices. Al medio levantar la mirada, dos hermosos duraznos, que veinte años atrás había visto de refilón al correr atento a recoger algo que se había caído de las manos de Deyanira, se develaron en todo su esplendor. Ella, inclinada, tratando de controlar la cascada y de tapar púdicamente con su mano las deliciosas frutas, me hizo una pregunta que la ceguera y sordera momentáneas no me dejaron comprender.

El policía me disparó prudencia. Traté de recuperarme para no mostrar la flaqueza de mi espíritu. Evadí la hermosa visión y mirando a la ventana, con pose de a mí no me afectas le dije muy digno, académico, como lo exigían los estatutos, que qué quería.

Algo me dijo pero seguí sin comprender. Aunque no estoy seguro, me parece que le contesté que fuera a la oficina porque en ese momento tenía que tropezar de nuevo con la piedra filosofal.

La cascada me cegó y el aroma me embriagó. Levitando quedé hasta la siguiente clase en que llegué dispuesto a no caer en la tentación y arrancar de raíz esa obsesión que me tenía en vilo.

La ignoré toda la clase aunque para cualquier lado que mirara la veía. Mi olfato de perro sólo me dejaba detectar su aroma. Los estudiantes se dieron cuenta y volvieron a poner la cara de what the heck! Saben que los maestros escogemos en cada clase a la mascota preferida, como dicen ellos, y todos supieron desde el primer momento quién era. El hecho que la ignorara era sospechoso. Despecho, impotencia, resignación, acato a la ley, miedo, estar casado, edad madura, motivos, sí, motivos, pero no suficientes para que el profesor se echara una canita al aire.

Con el pretexto de que no había entendido la cuadratura del círculo que había explicado profusamente en clase, la encontré esperando en la puerta de mi oficina luego de terminar con otras clases donde volvía a repetir la misma cháchara apoyado en categorías polidireccionales que, iluso de mí, echaban dizque por el suelo las concepciones euclidianas.

Nuevamente me fallaron las piernas. Los ojos verdes me penetraron como lanzas en costado de crucificado que agoniza. Tuve que abrir rápido la puerta y sentarme para no caer como una piltrafa derretida por la nostalgia.

–¿Por qué me miras así?

–Hace mucho tiempo –le dije tratando de recuperar el soplo de vida que me quedaba–, cuando tú no eras siquiera un proyecto, navegué por unos ojos como los tuyos.

Otra vez dio vida a una sonrisa que me mataba.

–Si quieres –me dijo mientras los abría desmesuradamente dejando ver el aleph borgesiano–, ¿por qué no lo haces de nuevo?

No quise confesarle que ya el Ulises que se lanzaba a cualquier océano se sentía sin fuerzas para nuevas odiseas y se había sentado en su Itaca a soñar despierto.

Las horas de oficina las acaparó. Al enterarse que preparaba un libro de cuentos, se convirtió en mi amanuense. Las horas de oficina no alcanzaron. Ocupamos las horas del almuerzo, de las onces, de la tarde, mediatarde, noche y medianoche, hasta que la cascada de su cabellera se enredó en mi cuerpo y el aroma de su piel penetró la mía.

Jamás quise preguntarle por sus ancestros para evitar que la pompa onírica se rompiera.

El día que les dije a mis alumnos que me retiraba de la Universidad de Yoayo, vi que el Aleph se inundaba de unas perlas inmensas que caían de sus ojos mientras los otros disfrutaban de mi despedida que hice con cantos y ocurrencias.

Dispuesto a olvidarla, para poder concentrarme en mis escritos, no contesté los dos o tres e-mails que me envió desde Australia donde se había ido a estudiar no sé qué. Algo planteaba sobre la cuadratura del círculo, pero tampoco supe qué era porque el mensaje se interrumpía con la frase "fatal error".

domingo, septiembre 03, 2006

Constelación edípica

Por José O. Alvarez

Al saltar a este mundo empujado por una comadrona experta en menjurjes y brujerías, pegó un grito de terror que levantó de la silla al padre que esperaba impaciente la llegada de la deseada primogénita.

Envuelto en una nube de sangre, añoraba el cielo recién perdido. La ira que tenía se la calmó el regazo de su madre que, sacando fuerzas de donde no las tenía, pidió que se lo dieran así: resbaloso, viscoso, amoratado.

Cada vez que lo apartaban de ella, su furia regresaba. Un cordón umbilical invisible, que no había roto con la pregenitalidad kleiniana mucho menos lacaniana, lo unía poderosamente a esa joven madre, todavía una niña para estar en esos trotes. Desde ese día ignoró al hombre que le había hecho insaciables cosas por donde había llegado su hermoso hijo y cerró por completo toda posibilidad de ser manchada de nuevo.

Decepcionado el padre al ver truncado sus deseos de tener una nena que pensaba alcahuetiar con todo el peso de su fortuna, se llenó de celos que superaron los de Otelo y lo mandó matar. Quería evitar que unos sueños recurrentes, convertidos ya en pesadilla, se cumplieran. Supersticioso como era gastaba una parte considerable de su enorme riqueza amasada con las garras visitando a un pitoniso que se anunciaba por la televisión al igual que Liberache. Dicho brujo le había pronosticado que el vástago primogénito lo reemplazaría luego de asesinarlo de un balazo y su imperio levantado a pulso caería en la bancarrota.

Los sicarios contratados para realizar el trabajo lo llevaron a una agencia de adopción que no sólo traficaba con material vivo sino con partes de gente que desaparecía.

Ojos, riñones, hígados, piernas, brazos, etc. tenían buen precio en el globalizado mercado, pero los bebés dados en adopción superaban el precio pagado por el celoso padre.

Una familia extranjera que había tratado por todos los medios de tener un bebé ofreció la suma más alta en la subasta que dicha agencia puso en Ebay.com, compañía especializada en subastas cibernéticas que estaba siendo cuestionada porque varios de sus usuarios, dispuestos al desmembre, utilizaban sus servicios.

–Es mejor darse la buena vida con un ojo, una pierna y un pie que vivir en ascuas de cuerpo entero, –decía un tuerto, manco y cojo que había subastado sus respectivas partes, en declaraciones a una revista que se regodeaba en los chismes frescos de la jet set.

Con sus prótesis adquirió la elegancia inglesa que le abrió las puertas a clubes de aristócratas, reforzada por el hecho de ser nuevo millonario.

El bebé creció en medio de mimos. Los padres dejaron de echarse la culpa el uno al otro de su infertilidad que los había llevado a recurrir a los métodos de inseminación artificial, inseminación de semen capacitado, fecundación In Vitro e inyección intracitoplasmática de esperma. Todos los esfuerzos que antes habían realizado vanamente persiguiendo un imposible fueron concentrados en malcriar al niño. Desde el momento de levantarse, hasta el momento de acostarse, el niño imponía sus designios.

En la tierra de la libertad y casa de los hombres bravos, el chico se crió aprisionado a sus caprichos; que no quiero ese cereal sino ese otro, que mejor Burger King, no mejor MacDonald, al final Taco Bell.

Haciendo lo que se le daba la real gana, llegó a la pubertad.

Incapaces de soportar ese bulto de necedades los padres decidieron regresarlo a su país de origen donde las necesidades que tenían que soportar la mayoría de sus habitantes forjaba gente dedicada, juiciosa, laboriosa, callada, dispuesta a vadear cualquier adversidad.

En la capital santafereña se dio a la tarea de conocer los metederos dedicados al goce pagano hasta que dio con un bar en la zona Rosa donde se reunían treintañeras clase alta a disipar el tedio que les daba la buena vida.

Fue amor a primera vista. Quedó prendado del espigado cuerpo de esa hermosa mujer que conservaba intacto en sus medidas y frescura lo que había enloquecido al marido 18 años atrás.

A ella le pasó lo mismo. El deseo platónico y hegeliano que había sido truncado al perder su hijo pareció renacer en sus entrañas. Sus recuerdos fueron asaltados por el de su primo Orlando que apodaban "el furioso", que con sus profundos ojos negros de seminarista la había subyugado cuando empezaba a despuntar como mujer y de la que la separaron brutalmente casándola con un desconocido para evitar el incesto que producía hijos con cola de cerdo como ya había pasado por esa inclinación endogámica que existía en su familia.

En el pasillo hacia el baño la besó apasionadamente.

–Vamos a otro lugar donde estemos solos –le dijo. Caricias devoradoras recorrían el cuello de la treintañera. Sentía explotar una constelación de deseos enterrados, resucitando en todo su esplendor.

Camino a un motel que quedaba en las afueras de la sabana bogotana, no se dieron cuenta que un Mercedes negro SEL 560, vidrios ahumados, a prueba de balas, les chupaba rueda.

Al llegar al motel, un hombre maduro, gordo, medio calvo, les salió al paso y les apuntó con un revólver. Acostumbrado a los juegos de Nintendo, de Sega, Nintendo, Super Nintendo, Play Station 1, Play Station 2, Xbox, etc., sacó la pistola que sus padres le habían empacado "por si las moscas" y con un balazo certero le atravesó el corazón al furioso hombre que los amenazaba.

–Gracias mi vida –le dijo la mujer. –Me has librado de un cerdo.

Esperó a que ella depositara unas flores que arrancó de un decoroso mirto para tapar el hueco que había dejado la bala. Al detener la hemorragia de sangre negra que brotaba como manatial, con un guiño de ojo que brilló como centella, le agarró la mano y entraron al motel.