Literarte

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martes, septiembre 05, 2006

Paraíso recuperado

Por José O. Alvarez

Eva, aburrida de tanta felicidad paradisiaca, empezó a hacerse las preguntas que se hacen los ociosos. ¿De dónde vengo? Había aceptado, a regañadientes, que venía de una costilla de Adán. ¿Para dónde voy? Eso no lo sabía y no quería conformarse con el letargo que produce el vivir como los dioses.

El creador les había prohibido que se devanaran los sesos con cuestiones que no les incumbían. Cuestionarse era adentrarse en los laberintos del bien y del mal para adorar o matar al minotauro. Cuestionarse era un acto de rebelión castigado con el ostracismo.

Eva comenzó a tentar a Adán con esos cuestionamientos. Al principio Adán no le hacía caso porque se lo pasaba embobado como Leibniz viendo y agradeciendo las maravillas de la creación.

La duda contaminó a Eva. No podía dormir y no dejaba dormir a Adán.

-¿Tú no crees que el viejo se guarda algo para sí y por eso no quiere que indaguemos? -insistía Eva en las noches de desvelo- ¿No crees que detrás de esa noche profunda se esconden otros paraísos mejores que éste?

Adán cayó. El vacío pascaliano lo enfermó y empezó a cuestionar todo. Los cuestionamientos, retomados luego por los atenienses, guardados como peligrosos secretos en el medioevo y sacados a la luz durante la Ilustración, los animaron a confrontar al amo quien al sentir que movían sus cimientos los echó del paraíso. No podía soportar que simples criaturas creadas del barro se atrevieran a pensar.

Al ver que lo habían perdido todo, se culparon mutuamente. Cada uno cogió por su lado. Por primera vez sintieron la angustia existencial de los mortales. El tiempo hacía mella en ellos y el espacio era ancho y ajeno. Al llegar a las antípodas, volvieron a encontrarse.

El encuentro fue revelador. Cada uno tenía lo que le faltaba al otro. Descubrieron la caricia que les hizo deducir cómo llenar el vacío de sus vidas.

Al llenarlo, en un instante que les pareció eterno, recuperaron el paraíso.