Literarte

Sitio que recoge algunos de los cuentos cortos del autor José O. Alvarez, Ph.D.
Descargue gratis sus libros Pulse aquí.

lunes, septiembre 04, 2006

Fatal error

Por José O. Alvarez

Cuando Esperanza, su prima, me dijo que vivía en Houston, una corriente alterna me recorrió de arriba abajo mientras mis vellos se erizaban. Nadie detectó mi inquietud porque cambié el hilo de la conversación.

Una vez que sobrevolábamos Houston me la imaginé en cualquiera de las casas que hay en los suburbios; feliz, con una pareja de hijos y sin que el paso del tiempo hubiera horadado su hermosura.

De pequeños, ella me quiso y yo no la quise. De adolescentes, fue lo contrario.

Deyanira, la mujer que enloqueció a más de uno, se fue de mi vida para nunca más volver, como se fue de la vida del loco Jorge, del maneco Pedro y del tatareto Humberto, amigos de farras memorables que terminaban al amanecer en el toldo de doña Carmen quien ahuyentaba nuestras borracheras con un caldo de menudencias que tenía.

El tatareto fue el más afectado. Hasta las ganas de comer se le quitaron en esos tres días seguidos que inundó en cerveza para ahogar el dolor de la partida. Por todos los medios había tratado de acercarse a Deyanira, pero el padre no dejaba que nadie se atreviera a poner siquiera el ojo encima porque cuidaba como pastor alemán su rebaño de siete hijas que competían en belleza. Varias veces los perros de don Roberto arrancaron en pedazos las innumerables prendas y disfraces que Humberto se ponía para hacerse pasar por vendedor, por jornalero, por electricista, por fontanero, por qué sé yo a estas alturas de mi vida.

Nos tocaba conformarnos con verlas pasar con ese aire altivo de reinas de belleza.

Y Deyanira lo era. No en vano Esperanza me contó que había sido elegida la mujer más hermosa en el club social en Houston en que la inscribió su esposo, un nuevo rico de dudosa procedencia que llegó una vez al pueblo y con subterfugios se llevó a la perla más hermosa precisamente cuando se encontraba en su máxima definición.

El semestre pasado la encontré sentada en una de las clases que dictaba en la Universidad de Yoayo. Al entrar a clase me choqué con sus hermosos ojos verdes y su sonrisa matadora. Por un momento creí que en lugar de entrar a clase había entrado a una dimensión ya vivida que se repetía como un espejo. Hasta la frescura de un aire adolescente sentí que resucitaba en mí. Los estudiantes se miraron interrogándose mutuamente sobre el motivo de mi perturbación. Luego de pasar saliva varias veces y carraspear otras tantas pude presentarme. Acostumbraba a romper el hielo haciendo que cada uno se presentara. Varios dijeron sus nombres, de dónde venían, para dónde iban, pero a ninguno le presté atención. Era el momento que aprovechaba para memorizar sus nombres, profesiones, inquietudes, para sorprenderlos en la clase siguiente llamándolos por su nombre y dirigirles palabras específicas de acuerdo a sus intereses particulares. Aunque sólo esperaba que ella dijera: "Me llamo Deyanira, vengo de Houston y quiero estudiar filosofía", cuando lo dijo, como si estuviera leyendo mi pensamiento, me pellizqué para asegurarme que estaba despierto. Un suspiro que atravesó el cosmos no fue suficiente para darme la energía de mantenerme en pie. Tuve que sentarme. Deyanira, sorprendida, con una mueca interrogante, con su mirada preguntaba a todos y todos la seguían en su expresión que empezaba en la cara, seguía por los hombros, continuaba en brazos y terminaba en las manos que expresaban what the heck!

Deyanira se clavó en mi pensamiento como una espina como clavada la tuve en la primavera de mi vida. No la buscaba pero soñaba con encontrarla por los pasillos del departamento, en la biblioteca, en la cafetería, en el centro estudiantil, en cualquier lugar. El sueño continuaba todo el día con la ansiedad de que acabara pronto para que llegara el otro y poderla ver de nuevo en clase.

La edad es un policía que uno contrata cuando se cuida un jardín en el cual se prohíbe tomar una flor, contemplarla, tocarla, amarla. Además, el estatuto docente era claro en señalar cualquiera de esas cosas como acoso sexual. Tomando al pie de la letra esas leyes espartanas, ponía ceño fruncido e ignoraba su presencia.

En una de las clases, luego de darles instrucciones para que buscaran por su cuenta la piedra filosofal, me senté a revisar los ensayos de alumnos de otras clases.

Súbitamente un eclipse me asaltó. Una cascada de cabello cayó como la noche de San Juan de la Cruz sobre mi cara. El aroma de frutas frescas se metió por mis narices. Al medio levantar la mirada, dos hermosos duraznos, que veinte años atrás había visto de refilón al correr atento a recoger algo que se había caído de las manos de Deyanira, se develaron en todo su esplendor. Ella, inclinada, tratando de controlar la cascada y de tapar púdicamente con su mano las deliciosas frutas, me hizo una pregunta que la ceguera y sordera momentáneas no me dejaron comprender.

El policía me disparó prudencia. Traté de recuperarme para no mostrar la flaqueza de mi espíritu. Evadí la hermosa visión y mirando a la ventana, con pose de a mí no me afectas le dije muy digno, académico, como lo exigían los estatutos, que qué quería.

Algo me dijo pero seguí sin comprender. Aunque no estoy seguro, me parece que le contesté que fuera a la oficina porque en ese momento tenía que tropezar de nuevo con la piedra filosofal.

La cascada me cegó y el aroma me embriagó. Levitando quedé hasta la siguiente clase en que llegué dispuesto a no caer en la tentación y arrancar de raíz esa obsesión que me tenía en vilo.

La ignoré toda la clase aunque para cualquier lado que mirara la veía. Mi olfato de perro sólo me dejaba detectar su aroma. Los estudiantes se dieron cuenta y volvieron a poner la cara de what the heck! Saben que los maestros escogemos en cada clase a la mascota preferida, como dicen ellos, y todos supieron desde el primer momento quién era. El hecho que la ignorara era sospechoso. Despecho, impotencia, resignación, acato a la ley, miedo, estar casado, edad madura, motivos, sí, motivos, pero no suficientes para que el profesor se echara una canita al aire.

Con el pretexto de que no había entendido la cuadratura del círculo que había explicado profusamente en clase, la encontré esperando en la puerta de mi oficina luego de terminar con otras clases donde volvía a repetir la misma cháchara apoyado en categorías polidireccionales que, iluso de mí, echaban dizque por el suelo las concepciones euclidianas.

Nuevamente me fallaron las piernas. Los ojos verdes me penetraron como lanzas en costado de crucificado que agoniza. Tuve que abrir rápido la puerta y sentarme para no caer como una piltrafa derretida por la nostalgia.

–¿Por qué me miras así?

–Hace mucho tiempo –le dije tratando de recuperar el soplo de vida que me quedaba–, cuando tú no eras siquiera un proyecto, navegué por unos ojos como los tuyos.

Otra vez dio vida a una sonrisa que me mataba.

–Si quieres –me dijo mientras los abría desmesuradamente dejando ver el aleph borgesiano–, ¿por qué no lo haces de nuevo?

No quise confesarle que ya el Ulises que se lanzaba a cualquier océano se sentía sin fuerzas para nuevas odiseas y se había sentado en su Itaca a soñar despierto.

Las horas de oficina las acaparó. Al enterarse que preparaba un libro de cuentos, se convirtió en mi amanuense. Las horas de oficina no alcanzaron. Ocupamos las horas del almuerzo, de las onces, de la tarde, mediatarde, noche y medianoche, hasta que la cascada de su cabellera se enredó en mi cuerpo y el aroma de su piel penetró la mía.

Jamás quise preguntarle por sus ancestros para evitar que la pompa onírica se rompiera.

El día que les dije a mis alumnos que me retiraba de la Universidad de Yoayo, vi que el Aleph se inundaba de unas perlas inmensas que caían de sus ojos mientras los otros disfrutaban de mi despedida que hice con cantos y ocurrencias.

Dispuesto a olvidarla, para poder concentrarme en mis escritos, no contesté los dos o tres e-mails que me envió desde Australia donde se había ido a estudiar no sé qué. Algo planteaba sobre la cuadratura del círculo, pero tampoco supe qué era porque el mensaje se interrumpía con la frase "fatal error".